El personaje que comparte escena con Ana es, por supuesto, el chelista Maimónides, representación de la severidad, el personaje que trata de bajar a Ana a la tierra, que deje su imaginación. En cierto modo, Maimónides es la realidad exterior. Aunque su nombre no aparece en la obra, sí está en el texto. Maimónides fue un judío cordobés, uno de los médicos y teólogos más célebres de la Edad Media.
El siguiente personaje importante es Kaspere, el amigo imaginario de Ana, que toma diferentes cuerpos para jugar con ella, y que es definido como "su inocencia". Kaspere es el nombre de un títere tradicional alemán, lo que en Inglaterra vendría a ser Punch, y en España un Cristobalito. Kaspere se distingue por su largo gorro teutón, acabado en un cascabel.
Primo Levi es el escritor del Holocausto por excelencia. No sólo fue el superviviente que más se dedicó a proteger la memoria de aquel momento, sino que unos versos de su libro más famoso, Si esto es un hombre, son los protectores morales de nuestra obra. Primo Levi aparece en nuestra obra intentando cargar con el gran peso de la memoria (Levi fue para los campos una especie de Funes el memorioso).
Stanislav Lem es otro superviviente de los campos. Se trata de otra persona que levanta nuestra admiración, a partes iguales, por su vida y por su obra. Lem, sin embargo, se hizo escritor de ciencia ficción (por ejemplo, Solaris) con mucha, mucha miga. Su fama, aún hoy día, va en aumento. En nuestra obra, Ana se inventa un relato al estilo de Lem, como homenaje, y a él se lo dedica.
Citar a Kim Phuc es otra mención admirativa a un personaje real. Kim Phuc tenía nueve años (1972) cuando un avión de Vietnam del Sur bombardeó con napalm la población de Trang Bang. Quitandose su ropa en llamas, un fotógrafo registró la famosa imagen. Cualquiera que vea esa fotografía puede ver la profundidad del sufrimiento, la desesperanza, el dolor humano de la guerra, especialmente para los niños. Hoy en día Pham Thi Kim Phuc, la niña de la fotografía, vive una vida normal. Preside la 'Fundación Kim Phuc', dedicada a ayudar a los niños víctimas de la guerra y es embajadora para la UNESCO.
Casi al mismo tiempo que a Kim Phuc, la niña oriental, mencionamos a Inyumba, la africana, responsable del milagro de la reconciliación de Ruanda. El primer cargo de Inyumba, una tutsi que luchó en el ejército rebelde que se hizo con el poder en el verano de 1994 y puso fin al genocidio, fue el de ministra de Reconciliación Nacional. Ella plantó las semillas y estableció el tono para lo que se produjo después. Fue Inyumba la que argumentó repetidamente que, al margen de consideraciones humanitarias, el motivo fundamental para no caer en la tentación de la venganza (y no es que no viera el atractivo de esa vía; ella también perdió a familiares cercanos en el genocidio) era que no iba a beneficiar a nadie, ni a corto ni a largo plazo. “O acabamos con esto ahora”, dijo en varias ocasiones, expresando el pensamiento de las 39 mujeres incluidas en los 80 escaños de la Asamblea Nacional, “o aprovechamos la oportunidad para terminar con este ciclo de asesinatos, o seguimos así eternamente, de forma estúpida y salvaje, y nos hundimos cada vez más en la ruina más total”.
Nuestra obra acaba con Kim Phuc e Inyumba, no de forma totalmente casual. Por el contrario, nos queda la sensación de que con Ana (alemana, occidental) y con ellas hemos abarcado el mundo entero. Porque en todo el mundo hay historias de guerra, de niñas y víctimas. Parafraseando a Walter Benjamin, toda obra de cultura es también un documento de barbarie. Al menos se puede aplicar a nuestra obra. Sin embargo, tanto Kim Phuc como Inyumba son también símbolos de superación y esperanza. Porque esta es también nuestra intención: siempre podemos cambiar las cosas.
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