El mundus imaginalis es lo que los teósofos del Islam designan como el "octavo clima". Según examina Henry Corbin, hay un órgano que percibe esta realidad, es decir, la conciencia imaginativa, la Imaginación "cognitiva". Por su parte, el término persa Na-kojo-Abad, viene a significar la "tierra de ningún lugar". Sin embargo, no debemos confundirlo con nuestro concepto de utopía, ya que no se refiere a un lugar imposible o conquistable en un futuro, sino a un lugar que coexiste, referente a las topografías exploradas en el estado visionario, el estado intermedio entre la vigilia y la información del sueño. Sohravardi (siglo XII) dice que “es allí donde estabas tú mismo al comienzo, y es allí adonde retornarás cuando finalmente te liberes de tus ataduras". Allí encuentras a un ti mismo "en segunda persona".
Lo que Sohravadi significa por estar "más allá de la montaña de Qaf" es lo mismo, y con él toda la tradición teológica del Irán, que representa el compuesto de las ciudades místicas de Jabalqa, Jabarsa, y Hurqalya. Topográficamente, afirma precisamente que esta región comienza "en la superficie convexa" de la Novena Esfera, la Esfera de las Esferas, o la Esfera que incluye la totalidad del cosmos. Esto significa que comienza en el exacto momento en que uno abandona la suprema Esfera, que define toda posible orientación en nuestro mundo (o en este lado del mundo), la "Esfera" a la que se refieren los puntos cardinales celestes. Es evidente que una vez que se cruza este límite, la pregunta "¿dónde?" (ubi, koja) pierde significado, al menos el significado en que se pregunta en el espacio de nuestra experiencia sensible. Así el nombre Na-koja-Abad: un lugar fuera del lugar, un "lugar" que no está contenido en un lugar, en un "topos".
Una vez se logra esta transición, resulta que a partir de ahora esta realidad, previamente interna y oculta, se revela como envoltura, entorno, conteniendo lo que al principio era del todo externo y visible, ya que mediante la "interiorización" uno ha abandonado esa realidad "externa". De aquí en adelante, es la realidad espiritual la que encierra, rodea, contiene la realidad llamada material. Por ello la realidad espiritual no está "en el dónde". Es el "dónde" el que está en ella. O, mejor aún, es ella misma el dónde de todas las cosas; no está, por tanto, ella misma en un lugar, no cae bajo la pregunta :"¿dónde?" Su sitio (su abad) en relación a esto es Na-koja (ningún lugar, no-where), porque su ubi en relación a lo que está en el espacio sensible, es un ubique (por todas partes). Cuando hemos comprendido ésto, quizás hemos comprendido qué es lo esencial para seguir la topografía de las experiencias visionarias.
Es cuestión de entrar, pasar "al interior" y, al pasar al interior, de encontrarse paradójicamente "fuera" o, en el lenguaje de nuestros autores, "en la superficie convexa" de la Novena Esfera, exterior en otras palabras, "más allá de la montaña de Qaf". La relación involucrada es esencialmente la de lo externo, lo visible, lo exotérico (en Arabe: zahir) y lo interno, lo invisible, lo esotérico (en árabe: batin), o el mundo natural y el mundo espiritual.
Otros dos cuentos místicos dan nombre a ese "más allá de la montaña de Qaf" y es este mismo nombre el que marca la transformación de montaña cósmica a montaña psicocósmica, esto es, la transición del cosmos físico a lo que constituye el primer nivel del universo espiritual: Na-koja-Abad.
Mundo empírico y mundo del entendimiento abstracto. Entre los dos está ubicado un mundo intermedio, al cual nuestros autores llaman alam al-mithal, el mundo de la Imagen, mundus imaginalis: un mundo tan ontológicamente real como el mundo de los sentidos y el mundo del intelecto, un mundo que requiere una facultad de percepción que le pertenece, una facultad que es una función cognitiva, de valor noético, tan plenamente real como las facultades de percepción sensorial o la intuición intelectual. Esta facultad es el poder imaginativo.
La existencia de este mundo intermedio, mundus imaginalis, parece metafísicamente necesaria: la función cognitiva de la Imaginación se ordena hacia él; es un mundo cuyo nivel ontológico está por encima del mundo de los sentidos y por debajo del mundo puramente inteligible; es más inmaterial que el primero y menos inmaterial que el último. Así encontraríamos la validez de los sueños, los rituales simbólicos, la realidad de los lugares formados por intensa meditación, la realidad de visiones inspiradas imaginativamente. Ese mundo es el mundo de los "cuerpos sutiles", cuya idea resulta indispensable si uno quiere describir un lazo entre el espíritu puro y el cuerpo material.
Por ello la teoría del mundus imaginalis está vinculada con una teoría del conocimiento imaginativo y la función imaginativa -una función realmente central y mediadora, a causa de la posición media y mediadora del mundus imaginalis. Es una función que permite que cada universo se simbolice en otro (o existan en relación simbólica el uno con el otro) y esto nos conduce a captar, experimentalmente, que las mismas realidades substanciales asuman formas correspondientes relativas a cada universo.
Es un mundo perfectamente "real", más evidente incluso y más coherente, en su propia realidad, que el mundo empírico "real" percibido por los sentidos. Esos testigos fueron por tanto perfectamente conscientes de que habían estado "en otra parte"; no son esquizofrénicos. Es cuestión de un mundo que está escondido en el acto mismo de la percepción sensorial, y uno que debemos encontrar bajo la aparente certeza objetiva de ese tipo de percepción. Por ello positivamente no podemos calificarlo de "imaginario", en el sentido ordinario en que se toma la palabra como significando irreal, inexistente. Así como la palabra latina origo nos ha dado el derivativo "original", creo que la palabra imago puede darnos, aparte de "imaginario" y por derivación regular, el término imaginal. Tendremos así la palabra "imaginal" como la intermediaria entre el mundo sensorial y el mundo intelectual.
La actitud usual consiste en oponer lo real a lo imaginario como si fuera lo irreal, lo utópico, como si se confundiera símbolo con alegoría, la exégesis del "sentido espiritual" con una interpretación alegórica. Ahora bien, toda interpretación alegórica es inofensiva; la alegoría es un revestimiento o, mejor, un disfraz, de algo que ya se conoce o se puede conocer de otro modo, mientras que la aparición de una Imagen que tiene la cualidad de un símbolo es un fenómeno primordial (Urphänomen), incondicional e irreductible, la aparición de algo que no puede manifestarse de otro modo al mundo en el que estamos.
Ese mundo intermedio, alam a mithal, plenamente objetivo y real, donde todo lo que existe en el mundo sensorial tiene su análogo pero no perceptible para los sentidos, es el mundo designado como "el octavo clima". El término es suficientemente elocuente por sí mismo, ya que significa un clima "fuera" de los climas, un lugar "fuera" del lugar, fuera del "donde" (Na-koja-Abad). Mundo en el cual subsisten las formas de todas las obras realizadas, las formas de nuestras ideas y nuestros deseos, de nuestros presentimientos y nuestra conducta. Es esta composición lo que constituye alam al-mithal, el mundus imaginalis.




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